El mundo entero esperaba una masacre brutal.
España llegaba con sus estrellas millonarias para destrozar a Cabo Verde, una selección diminuta y debutante.
Todos, desde los analistas hasta los apostadores, anticipaban una goleada histórica. La presión era asfixiante.
Pero se estrellaron contra un muro de titanio.
Un hombre decidió que el pánico no era una opción.